La realidad se esconde en las mañanas de los bares de barrio.
Pararse a tomar un café con leche y un croissant es una sana costumbre antes de empezar la jornada, sobretodo si es lunes y si son poco más de las 9h.
En la mesa de atrás dos mujeres de cincuenta y muchos o sesenta y pocos charlan tomando sendos cortados. Es una de esas conversaciones en las que una marca el hilo y la otra escucha y hace preguntas para ahondar, como si no fueran amigas de verdad pero se conocieran de tiempo.
4 hijos. Al menor, de 16 años le gusta estudiar y saca una media de notable. El resto trabajan y viven independientes. Posiblemente divorciada o viuda desde hace tiempo, no hay mención al marido. Tomaron la decisión de vender el piso hace 3 ó 4 años para irse de alquiler, cuando la madre se quedó sin trabajo como administrativa y contable en la inmobiliaria después de 30 años en el puesto. Se les ha acabado el dinero del piso, y están hablando de la situación del hijo menor, que vive aún con ella. Parece que los demás viven más o menos a su aire.
Toda la conversación está envuelta de una serenidad casi alarmante. Ella tiene trabajo. Frega escaleras y no le importa porque entiende que el dinero viene y va. Que la vida son ciclos y que ahora está en un momento bajo. Sabe que se recuperará o no, y confía en que le queda relativamente poco para jubilarse, así que es algo pasajero y con los hijos ya criados no le importa hacer un último sprint.
Con la misma serenidad, busca soluciones para mejorar su situación. La opción que comentan gira entorno a dejar el piso de alquiler y alquilar habitaciones sueltas para ella y el hijo menor. No le importa si van a vivir juntos o por separado. Con eso, ahorraría unos 300€/mes en gastos que podría dedicar a ayudar al adolescente. Su amiga, también muy tranquila, le comenta que a esa edad más valdría que fueran a vivir juntos porque así podría controlar las compañías del hijo: "Así no le pasará lo que le pasó al mio". También se preocupa por quién le dará de comer.
En ese momento un señor de sesenta y muchos, elegante, con traje de paño, barba y sombrero se enfada con el camarero porque no le queda más anís seco y le dice que no va a pagar la copa entera. El camarero, oriental, le devuelve 50 céntimos y el señor lanza algunos improperios en una voz baja lo bastante alta como para que el camarero le oiga. El descuento no es suficiente, él quiere una copa con tres cuartos de anís seco, no le vale media copa aunque le cueste menos.
En la máquina, un hombre más joven que el resto de la parroquia va lanzando monedas. Parece que no es su día de suerte, pero pide cambio del billete de 20€ que la máquina, sabiamente, se negaba a aceptar. Entra otro hombre también de algo más de 40, se sienta en la barra y pide una Voll Damm mientras mira la máquina por el rabillo del ojo, esperando su turno.
Pararse a tomar un café con leche, un croissant y una dosis de realidad es una sana costumbre antes de empezar la jornada, sobretodo si es lunes y si son poco más de las 9h.